Una (es)cena de rock en tres tiempos

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Lupe, Cuca, Casta.

Por Tonatiuh Trejo.

Aperitivo

Cada vez quedan más lejos aquellos tiempos de conciertos masivos donde por un kilo de frijoles que iba a parar directo a los estómagos zapatistas uno podía soplarse por las trompas de Eustaquio –Rockdrigo dixit– a lo más granado de esa hibridación musical indefinida que terminó llamándose rock mexicano.

En aquel entonces, casi gratis, casi por obligación, uno se daba el lujo de moverse por la ciudad y sus periferias persiguiendo carteles donde siempre aparecían por lo menos tres de los grupos que terminarán conformando el panteón sagrado de la escena rocanrolera nacional. La Lupita, La Cuca y La Castañeda son partículas elementales de esa historia, de ese cuento, les gusten o no, quieran o no.

Después la fiesta se acabó. Uno a uno los escenarios fueron sepultados por el cemento. Los grupos se suicidaron, “evolucionaron”, fueron disecados y otros dijeron adiós hasta luego dando paso –en el mejor de los casos– a propuestas creativas e interesantes pero orientadas hacia otra vibración fuera de la estética y la emocionalidad de aquellos caballeros de los prematuros años noventa.

Como bien anticiparon las profecías, hoy de cuando en cuando algunos de esos grupos recogen sus pedazos y vuelven para traernos el fuego, con las mejores intenciones y la mejor actitud, sin embargo los tiempos ya no son los mismos –aunque el PRI siga en el poder–; aquellos escenarios sociales han cambiado, los casettes ya no existen y los slams verdaderamente masivos están en peligro de extinción porque nosotros hemos ido desapareciendo también, ya no estamos, la máquina nos ha hecho una sombra borrosa. Aun así, cuando ellos regresan pagamos una feria (una buena feria, a veces) para verlos dándole respiración de boca a boca a personajes inventados hace casi un cuarto de siglo (Paquita Disco, la señorita Cara de Pizza, La Güera), ¿por qué?, pues porque siguen siendo de lo más granado de la historia del rock mexicano, y La Lupita, La Cuca y La Castañeda forman parte sustancial de este cuento, por eso el domingo pasado (8 de junio de 2014) fuimos a verlos desempolvar su álbum de fotos viejas en el Vive Cuervo Salón. El resultado fue un toquín breve pero consistente; compacto, que si hubiera sido un sismo habría alcanzado los 6 grados en la escala de Richter.

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Entrada: La Lupita

A nadie le es ajeno el carnaval que es capaz de armar La Lupe yendo y viniendo hacia su funk agridulce, pasando por el disco policromado y demás ritmos de caramelo macizo. Corta como la de los demás, su participación orbitó alrededor de las canciones paradigmáticas, más los covers “Gavilán o Paloma” y “Contrabando y traición” –que por siempre serán un par de los mejores hechos desde el rock hacia otros géneros– y un impasse dramático con “Arrójame” y “Llévame” de su última producción… duras joyas que descalabraron a más de uno.

La Lupe se brindó como es costumbre, pero por momentos le cae aquella maldición que el diablo echó a los grupos de rock: el vocalista “es la banda”, y desde que a La Lupita se le fue “media voz” suena “medio rara” cuando revienta con sus rolas viejas. Valga la comparación, pero, ¿se imaginan a Juanga cantando: “No queda nadanadanadanadanadanada…” y contestándose a sí mismo: “¡Que no, que no!”? Bueno, pues así se siente La Lupe sin la voz de Rosa (Adame), sobre todo en canciones como “Jajaja” y “Me cae”. Con todo, luego de esta presentación el público quedó calientito para lo que venía después.

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Plato fuerte: La Cuca

Con casi veinticinco años a cuestas la Cuca le sigue dando electroshocks al personal cada que sale a tocar; sigue sin leer el “Manual de Carreño”; continúa aventando pedazos de carne cruda sobre la banda que abajo celebra un baile de perros cada que escucha de nuevo “Implacable”, “La pucha asesina” o “El mamón de la pistola”, “Todo con exceso” y “Alcohol y rocanrol”. Su presentación se concentró en La invasión de los blátidos, un poco de Tu cuca madre… y por supuesto en “La Balada”, que no deja de poner de rodillas a los valedores más rudos. Para el final de su participación algunos de ellos tenían moretones en los brazos y lagrimitas en sus ojos.

Por cierto, ya casi para acabar La Cuca le pregunté al Fabián (el compa que me ayudó a entrar al concierto): “¿Cuál será su rola más famosa, ‘La balada’ o ‘El son del dolor’?” ¿Ustedes qué opinan?

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Postre: La Castañeda

La casa ya estaba saqueada cuando entraron los de la Casta, entonces se generó una sensación de calma chicha que guió un viaje sobre “El Gusano” y que onduló después por “Gris normal”, “El loco” –otra chulada de cover–, “Noches de tu piel”, “Cautivo de la calle”, “La Güera” y otras más, roto en un momento al sonar “Tloque nahuaque” y finiquitado prácticamente con “Cenit”. Luego de esta canción no había ya nada más que hacer, la poca voz que nos quedaba se apagó mientras las luces se encendían pasadas las ocho de la noche.

Al final, sobre el piso del Vive Cuervo Salón quedaba una mezcla de hormonas, lágrimas y vasos de papel encerado. En el aire, donde antes había humo de cigarro quedó flotando la nostalgia chavorruca, porque pese a todo, a pesar de todo, aunque los grupos ya no sean los mismos y nosotros tampoco, pudimos darnos el lujo, por obligación, de echarnos una asomada a aquel tiempo de pipa y guante, a aquel tiempo de caballeros, a los incipientes años noventa que nos vieron casi gratis, casi por obligación, movernos por la ciudad y sus periferias persiguiendo carteles donde siempre aparecían por lo menos tres de los grupos que en el futuro conformarán el panteón sagrado de la escena rocanrolera nacional.